Ansiedad, la palabra de los mayores que afecta también a menores. 

18 de Junio, 2020 por SHEWOLF

Todo el proceso de crecimiento de mis bebes ha sido un abrir y cerrar de ojos, la velocidad con la que van experimentando cambios y agregando información a sus cabecitas me hace pensar en la fórmula uno, en este caso, en lugar de coches, con conexiones neuronales, experiencias, descubrimientos, memorias etc. No me puedo imaginar lo agotador emocionalmente que sería para una mente adulta el pasar por ese proceso. 

 

Me acuerdo cuando Benjamín  (mi primer hijo actualmente de 3 años) apenas tenía unas semanas de nacido, y yo me tripeaba mucho pensando en que cada día su cerebro iba registrando nuevos olores, nuevos colores, nuevos sonidos; y recuerdo pensar, al final del día, cuando llega “la hora cero”  (en su caso las 6.30 pm en punto cada tarde) que lloran y los papás no entendemos el por que, mi explicación o tal vez mi manera de excusarlo es que estaba aprendiendo a ser humano y eso debía ser demasiado cansado!  

¿Se han puesto a pensar simplemente en la etapa donde sacan dientes cada mes?  

¡Que se te rompan las encías para que se te salgan los huesos de la boca!  

Dios por algo nos diseñó vaga la memoria de nuestros primeros años! 

 

A todo esto, para las mamás primerizas les advierto: no es más fácil con el tiempo, y para la mamás experimentadas les ruego: ¡manden refuerzos! 

 

Como les seguía platicando, con Benjamín estamos pasando por nuevos aprendizajes, ahora de bebé a niño, y es tan bonito identificar este salto en cosas tan evidentes como que empiezan a definir sus gustos, buscan marcar su libertad e independencia sobre todo frente a sus amigos, cada vez  buscan hacer más cosas por sí solos como vestirse o ir al baño, cumplen con más tareas en la casa como ayudar a poner la mesa y organizar su cuarto, son más capaces de jugar solos y los escuchas haciendo juegos de fantasías inventando historias con diferentes personajes montando distintos escenarios y crees tener en tu casa al próximo Tarantino. 

 

Otra cosa nueva que está experimentando son miedos y ansiedades. Me costó mucho trabajo aceptar que esto le estuviera sucediendo porque hemos sido sumamente cuidadosos en su exposición a pantallas, no tiene acceso a mi celular y la televisión apenas la comenzó a ver de manera muy dosificada a partir de los 3 años y con una selección de programas muy bien curada.  

 

Para hablar de este tema te presento a Paola González, Lic. En Psicología Clínica por la UIA de CDMX, con Maestría en Psicoterapia Psicoanalítica por la Sociedad Psicoanalítica de México, especialista en Desarrollo Infantil, actualmente encargada del área de Psicopedagogía de Woodland School en la Ciudad de México. 

 

 

Paola González

Q&A

Q

-Cuando nace un bebé durante los primeros meses tenemos que estar visitando al pediatra cada mes para estar revisando su desarrollo. ¿Cómo y a partir de cuándo podemos darle igual seguimiento a la salud mental de un niño? 

 

A

En términos de salud mental, no funciona igual que con el pediatra. A reserva de que debemos de estar pendientes de su desarrollo y estar enterados de qué logros “debería” estar alcanzando en cada etapa, tenemos que pensar que cada niño tiene su ritmo y tal vez nos vamos a dar cuenta de que no hace lo mismo que su compañerito de salón. En el desarrollo hay momentos de crisis normales -por ejemplo a los 2 años- y el hecho de que estemos enterados va a contener nuestra angustia como papás y podremos ayudarles a los niños a transitar mejor estas etapas.  

 

 Q

Al especialista en salud mental debemos acudir cuando observamos que de manera constante se repite una conducta que no es propia de su edad o que no nos parece consistente con su personalidad. 

 

A

 Por ejemplo, ya controlaba esfínteres y de pronto comienza a hacerse pipí en la cama por las noches. Una vez, no pasa nada: probablemente fue un accidente. 5, 7, 15 días… mejor nos asomamos y pedimos consejo.  

 

 

Yo siempre recomiendo que lo platiquen primero con el pediatra, porque 

 primero debemos descartar que haya un factor físico u orgánico que esté ocasionando el problema emocional.  

Con muchísima frecuencia llegan al consultorio niños que “hacen berrinches constantemente” y resulta que lo que tenía era reflujo. Por supuesto que va a llorar y tal vez no puede expresarlo como lo haría un adulto.  

 

Q

-¿Cuáles son los principales factores que disparan la ansiedad en los niños? 

 

A

La falta de certidumbre y estructura es lo que, con más frecuencia, provoca ansiedad en los niños. 

 Me explico. Los niños están conociendo cómo funciona el mundo con cada paso que dan; el hecho de que ese ambiente sea congruente es lo que les va a permitir que ellos se sientan en control de la situación y haya menos ansiedad, entendiendo que la ansiedad es propia de la vida, y en cierta medida la necesitamos para estar alertas. Por ejemplo, un niño al que un día lo bañan por las noches y otro por la mañana, que a veces lo obligan a lavarse los dientes antes de dormir y a veces no, que si no quiso hacer la tarea el martes no pasó nada, pero el miércoles por la misma situación salió regañado y hasta castigado, es un chiquito que va a crecer muy confundido y ansioso.  

Los mensajes tienen que ser claros para ellos, porque la ansiedad viene cuando no hay certidumbre.  

 

Q

-¿Cómo podemos encontrar señales de ansiedad ya sean físicas,  emocionales o de comportamiento y no confundirlas con berrinches? 

 

A

De entrada es vital establecer con los niños canales de comunicación efectivos, porque de esa manera vamos a promover que cuando no se sientan bien, ellos lo puedan poner en palabras poco a poco. Ahora, si a los adultos nos cuesta trabajo en ocasiones identificar qué tenemos a los niños mucho más; y es por eso que, como no lo pueden hablar, lo actúan. 

 El berrinche es una manera de expresar frustración: ya sea porque se les pone un límite o porque se sienten molestos.  

 

 

Si algo les da ansiedad, probablemente lo representarán a través de un berrinche, independientemente si esa ansiedad se resuelve en el momento o si es un estado en el que caen con frecuencia. No es lo mismo tener ansiedad por enfrentarse al primer día de clases de la primaria -y que probablemente ese domingo en la tarde haya algún berrinche- a que todo el tiempo pensemos que hace berrinches, cuando lo que está pasando en realidad es que no está pudiendo hacer amigos en el colegio y eso lo tiene ansioso todo el tiempo.  

 

Tenemos que parar las antenas y observarlo: ¿con cualquier cosa se enoja? ¿llora con demasiada frecuencia? ¿tiene dificultad para conciliar el sueño en las noches? ¿está comiendo menos de lo normal o más de lo normal? ¿se queda dormido en todos lados? ¿casi nunca quiere jugar y prefiere estar pegado a papá y/ó mamá?  

 

Si confundimos el berrinche con ansiedad una vez, no pasa nada. El berrinche ES ansiedad, porque no está logrando lo que quiere. Pero estar ansioso todo el tiempo es diferente y es ahí que debemos acercarnos a un especialista: cuando notamos una conducta nueva de pronto y no identificamos de dónde podría venir.  

 

Al mismo tiempo, pensamos por lo que está atravesando: si papá y mamá se están divorciando va a ser normal que estén ansiosos. 

 

 

Q

-¿Cómo los podemos acompañar y ayudar a vencer sus miedos y necesidades manteniendo los límites de disciplina pre-establecidos? 

 

A

Como papás, tenemos que entender que el límite es igual a estructura y la necesitan para funcionar mejor y sentirse tranquilos. 

 

 Ahora bien, ese límite no tiene por qué ser en forma de regaño todas las veces -aunque algunas veces por supuesto creo que es necesario, sobre todo cuando están intentando sobrepasar ese límite constantemente- pero puede ser muy amable.  

Usemos como ejemplo el caso de la hora de dormir. Para empezar es importante que sea un ritual tranquilo, suave. Justamente porque la hora de dormir implica separarme de papá y mamá y quedarme solo, así que no queremos agregar más tensión a ese hecho.  

 

 

La rutina ayuda mucho:  

ellos muy rápido aprenden a descifrar lo que pasa alrededor, se apagan las pantallas, nos metemos a bañar, cenamos, va bajando la luz (tal vez podemos poner una lamparita y apagar la luz del foco para que vayamos preparando al cerebro) mamá me cuenta un cuento en mi cama y luego apaga la luz y se va. Ellos deben tener la certeza de que nosotros estamos ahí para protegerlos, pero que es su hora de dormir y en su cuarto están seguros.  

 

Es complicado, porque generalmente la hora de dormir es un caos: el grande está acabando de hacer la tarea, vamos llegando del entrenamiento de fut del mediano y nos llovió a medio partido y venimos empapados y la chiquita necesita que alguien la acompañe a bañarse. OBVIAMENTE vamos a perder la calma y la paciencia. Es ahí cuando el haber establecido una rutina muy clara a la hora de dormir nos va a facilitar el trabajo.  

 

 

Podemos, también, apoyarnos de cuentos que hablen acerca de los temas que los asustan o promover que jueguen a algo que tenga qué ver con el tema; para ellos, esas son maneras súper efectivas de elaborar aquello que les cuesta trabajo procesar. 

Q

-Dada la situación mundial, en muchos países los niños no han podido salir ni a las banquetas por más de 3 meses, muchos de ellos han visto sus actividades recreativas restringidas por reducción de espacio, el contacto social se ha vuelto casi exclusivo a través de pantallas y están diariamente expuestos a la ansiedad y estrés por el que inevitablemente están pasando sus padres. ¿Cómo pueden trabajar los padres con sus hijos para sobrellevar esta nueva realidad? 

 

A

Este, sin duda, es un momento difícil para todo mundo. Va a haber momentos en los que como papás tampoco podamos dar nuestro 100% y es importante recordar que NO-PASA-NADA. Lo pongo así, en mayúsculas, porque si ya es un hecho que nos da mucha culpa la posibilidad de no hacer todo perfecto para nuestros chiquitos, en una crisis esta sensación aumente porque notamos que en verdad nos cuesta trabajo mantenernos estables nosotros mismos.  

 

 

Pero se habla. Se juega. Se da información pertinente y sobre todo NO se discuten temas de adultos cuando ellos están presentes: que si la colegiatura, que si el sueldo, que si fulanita ya se contagió, que si estamos o no de acuerdo con las medidas del gobierno, etc.  

 

 

Lo pongo sobre la mesa, porque desde luego que ellos van a reaccionar a partir de lo que observen en nosotros. Tampoco se trata de mentir; eso sí tiene una consecuencia a largo plazo, porque los papás somos certeza y queremos mantenernos siéndolo. Se trata de decir la verdad ajustada a la edad de cada niño y sin meter información que no pueden procesar; a un niño de 10 años no le vamos a decir el número de muertos por día, porque ¿para qué le sirve esa información? Sólo para angustiarse. Ahora, nuestro hijo de 10 años nos pregunta si la gente se está muriendo por el virus: le contestamos la verdad. “Sí. Por eso no estamos saliendo de casa, porque así nos aseguramos de que a nosotros no nos contagien”. Es decir, decimos la verdad, pero también ponemos sobre la mesa las medidas que como adultos tomamos para que ellos estén bien.  

 

Los adultos tenemos que buscar actividades y espacios para liberar la tensión y necesitamos generar estrategias que se adapten a la situación de cada uno, pero que nos quiten tanto peso de encima: hacer equipo con nuestra pareja para cumplir con los deberes del día a día, hablar con una amiga, hacer tiempo para trabajar o leer, tomarnos una copita de vino el viernes en la noche, ver nuestra serie… en fin.  

 

 

Asumir que hay una crisis mundial y que no estamos bien, es el primer paso. Pensemos que para cuidar a los demás debemos usar el principio del oxigeno en el avión: lo que nos dicen es “en caso de ser necesario, primero el adulto se pone su máscara de oxigeno y después ayuda al de junto” y es igual aquí.  

 

Como mamá o papá me tengo que preguntar si yo estoy suficientemente bien para ayudar a los que están junto a mí, o si más bien soy yo quien tiene que acercarse a un especialista porque no lo puedo manejar. Al final del día, esta crisis -con todo lo que implique- pasará, pero nos dejará como aprendizaje que sí somos capaces de ver por nuestros pequeños y que podemos salir adelante. El chiste es levantar la voz si siento que me ahogo.  

 

Paola actualmente te puede apoyar por medio de sesiones vía zoom, gracias a la tecnología  podemos buscar y recibir ayuda sin salir de casa.  Creo que  ahora que estamos tan cerca de nuestros hijos, con esta oportunidad de observarlos mas detenidamente,  que casi no tienen contacto mas que con los que están en casa, es un excelente momento para nutrir nuestra relación y  cómo entablar estos canales de comunicación de los que nos habla.  

 

 

Paola González Juliá

Clínica Balaur

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